viernes, 14 de abril de 2017

Cuando el problema no está en el entrenador

A entrenador nuevo, victoria segura. Es uno de los dichos más extendidos en el mundo del fútbol, dando por seguro que tras un cambio de técnico se suele remontar el vuelo del equipo. En ocasiones, un cambio en la dirección del equipo acaba resultando de gran trascendencia para que los jugadores abandonen el bache que atraviesan para empezar a sumar mejores resultados en el torneo. Una incidencia que alude más a un cambio de mentalidad del propio futbolista que a la actuación del propio entrenador: sin fórmulas ni varitas mágicas de por medio, el jugador acaba reaccionando ante el cambio de timonel como un estímulo para mostrar la mejor versión de sí mismo.

Cambios de entrenador que, muchas veces, se producen por una sencilla razón: es más fácil prescindir de un individuo que de los 23 que componen la plantilla. A fin de cuentas, es uno de los aspectos más ingratos de la profesión de técnico: un técnico no juega los partidos, pero suele ser quien acaba pagando los platos rotos cuando los resultados no llegan. Situación a la que se llega por dos vías: o porque la fórmula de trabajo está agotada y el plantel no puede dar más de lo que ya ha dado (siendo en ese caso necesario un cambio de enfoque) o porque el jugador, consciente o inconscientemente, busca una destitución del técnico reduciendo su rendimiento por algún desencuentro previo.

En este aspecto, uno de los casos más llamativos de esta temporada lo ha protagonizado el Leicester City FC. Un equipo que el curso pasado vivió un auténtico sueño: de pelear por la permanencia, a conseguir consagrarse campeón de la competitiva Premier League inglesa. Todo ello, con un grupo de jugadores semi desconocidos y bajo la férrea dirección de Claudio Ranieri. Un técnico que supo armar un equipo sin fisuras, que logró hacerse con el título contra todo pronóstico. Fue un éxito que dio la vuelta al mundo y que en enero le valió al veterano timonel italiano para ser reconocido por la FIFA como el mejor entrenador de 2016.

Si el curso 2015-2016 fue de ensueño para Claudio Ranieri, el curso 2016-2017 resultó ser una auténtica pesadilla. El Leicester City FC pareció acusar el sobreesfuerzo de compaginar la UEFA Champions League y la Premier League, cosechando mediocres resultados en el torneo liguero. La fórmula parecía agotada: los rivales parecían conocer la forma de jugar de los foxes, que en el campeonato inglés mostraban una imagen opuesta a la de la máxima competición continental. Una situación tremendamente complicada, que dejó al equipo al borde del descenso. Finalmente, la cuerda se rompió por el lado más débil, siendo destituido el entrenador.

Su sustituto fue un hombre de la casa, un Craig Shakespeare que afrontaba una dura situación: la de sacar al equipo de la zona baja de la tabla y tratar de remontar ante el Sevilla FC en los octavos de final de la UEFA Champions League. Objetivos que el técnico ha conseguido con creces: no en vano, desde que asumiera la responsabilidad de dirigir al Leicester City FC, el equipo solo conoce la victoria. Así, ha logrado seis triunfos en sus seis partidos dirigidos, dejando a los foxes en la zona media de la Premier League y entre los ocho mejores de la competición continental. Todo ello, sin cambiar demasiado el esquema de juego del equipo.

Cuanto menos, un hecho curioso y que invita a la suspicacia. No en vano, los hombres con los que trabaja Craig Shakespeare son los mismos que tuvo a sus órdenes hasta el momento de su destitución Claudio Ranieri. El italiano logró, en la Premier League, cinco victorias en 26 jornadas; su sucesor, en la competición inglesa, también ha logrado cinco triunfos… en cinco partidos. De hecho, el Leicester City FC se ha convertido en el segundo equipo de la historia del fútbol inglés capaz de enlazar cinco victorias seguidas tras haber sumado previamente cinco o más derrotas al hilo.

Todo ello invita a pensar que el problema quizás no estaba en Claudio Ranieri, sino en los jugadores que entrenaban a sus órdenes. Jugadores que, en muy poco tiempo, han dado un rendimiento cercano al que se esperaba de ellos y del que habían estado alejados durante toda la temporada. Así, en el mundo del fútbol se produce una situación que resulta bastante anormal en cualquier entorno laboral: cuando yo hago mal mi trabajo, ni es a mi jefe al que acaban despidiendo… ¿Qué hacer cuando el problema no está en el entrenador?

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